Mientras Claudia Sheinbaum utiliza la tribuna presidencial para confrontar a Ricardo Salinas Pliego, desacreditar a críticos, denunciar supuestas campañas de bots y colocar a las redes sociales y a los influencers en el centro de la discusión pública, los problemas verdaderamente urgentes de México continúan acumulándose.
La estrategia parece evidente: fabricar cada semana una nueva controversia, señalar a un adversario y mantener a la conversación pública atrapada en el pleito político. Hoy es un empresario; mañana, un comunicador, una plataforma digital o cualquier persona que incomode al oficialismo.
Es más sencillo construir enemigos desde Palacio Nacional que explicar por qué la violencia sigue mostrando escenas brutales. Este miércoles 22 de julio, México despertó con la noticia del secuestro, tortura y asesinato de diez empresarios y funcionarios locales en Zacatecas; algunos cuerpos fueron colgados de un puente en Fresnillo. Cinco personas han sido detenidas, pero el episodio volvió a exhibir el poder territorial, económico y criminal que conservan los grupos delictivos.
Eso es México ardiendo.
También arde cuando comerciantes y empresarios viven bajo amenazas y extorsiones. Cuando comunidades enteras son sometidas por organizaciones criminales. Cuando una familia no sabe si su hijo regresará a casa. Cuando gobernar significa reaccionar después de la tragedia, pero nunca impedir que ocurra.
Y mientras la propaganda presume una economía “fuerte”, los pronósticos vuelven a deteriorarse. Una encuesta de especialistas publicada por Reuters redujo la expectativa de crecimiento de México a apenas 1.1% para 2026, debido al debilitamiento de la inversión y a la incertidumbre comercial con Estados Unidos. Los riesgos para el crecimiento y la inflación, advierten los analistas, continúan inclinados hacia un escenario todavía peor.
Pero de eso se habla menos.
Conviene más presentar a Salinas Pliego como el villano nacional, culpar a los influencers, perseguir tendencias digitales y acusar a los bots de cada crítica. Así, el Gobierno intenta convertir el debate público en una pelea de personajes mientras la inseguridad, la falta de crecimiento, la extorsión y la incertidumbre de millones de mexicanos pasan a segundo plano.
No es necesario suponer la existencia de una conspiración para reconocer el efecto político: cada escándalo consume atención, desplaza los problemas de fondo y permite que el Gobierno controle temporalmente la conversación.
La administración que prometió gobernar con ciencia parece haber descubierto una fórmula mucho más cómoda: mucho discurso, muchos adversarios y suficiente circo para que nadie pregunte por los resultados.
La pregunta ya no es quién será atacado mañana desde el poder.
La pregunta es cuánto tiempo más podrán distraer a los mexicanos mientras el país sigue ardiendo.

