
Claudia Sheinbaum llegó a la Presidencia con una credencial poco común en la política mexicana: una formación científica que parecía prometer rigor, disciplina y apego a la evidencia. Su trayectoria académica hacía pensar en un gobierno sobrio, metódico y dispuesto a escuchar antes de decidir. Pero esa expectativa se ha ido desmoronando.
La imagen de seriedad que proyectó al inicio de su administración hoy luce debilitada. En lugar de un gobierno guiado por el análisis, la duda y la verificación, aparece una Presidencia atrapada entre compromisos políticos, lealtades heredadas, improvisaciones y dogmas. Lo que antes parecía contención, hoy se percibe como rigidez. Lo que parecía método, hoy parece obediencia.
La ciencia exige desconfiar de las certezas absolutas. Obliga a revisar los propios prejuicios, contrastar hipótesis, escuchar evidencia contraria y corregir cuando los datos no sostienen una decisión. Sin embargo, el estilo de gobierno de Sheinbaum parece caminar en sentido contrario: privilegia la lealtad, repite consignas y evita confrontar las ideas que contradicen el relato oficial.
Esa actitud quedó clara desde las primeras decisiones relevantes de su gobierno. Reformas de enorme trascendencia fueron impulsadas sin un verdadero ejercicio de escucha ni deliberación. Las advertencias de especialistas y voces críticas fueron descartadas como si disentir fuera una amenaza y no una parte indispensable de cualquier proceso serio de gobierno.
El mismo patrón se observa en temas delicados para el país. Frente a la relación con Estados Unidos, la Presidenta ha optado por minimizar las tensiones, presentándolas como diferencias ordinarias. Pero al mismo tiempo, su gobierno ha tomado decisiones que reducen la capacidad diplomática de México justo cuando más se necesitan interlocutores fuertes, experimentados y confiables.
También el manejo de Pemex refleja esa falta de rigor. En medio de una situación crítica para la empresa más importante del país, Sheinbaum nombró a una persona cercana, sin la experiencia necesaria para enfrentar un desafío de tal magnitud. La decisión no parece responder a criterios técnicos, sino a afinidades personales y políticas. Peor aún, el encargo tendría una duración limitada, lo que revela una visión corta para una institución que requiere estrategia de largo plazo.
El problema no es que Sheinbaum tenga títulos académicos. El problema es que esos títulos no se traducen necesariamente en una forma científica de gobernar. Gobernar con método implicaría escuchar, contrastar, probar, corregir y admitir errores. Pero cuando el poder se refugia en consignas, cuando la crítica se desecha y cuando la evidencia se vuelve incómoda, la ciencia deja de ser guía y se convierte solo en adorno curricular.
Al final, la crítica es clara: en Palacio Nacional no parece gobernar una científica dispuesta a someter sus decisiones a la prueba de la realidad, sino una política que prefiere la certeza del dogma a la exigencia de la evidencia.

